Ataques de Pánico – por Psicóloga Norma Luna

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Freud describe el ataque de pánico como una relación entre lo biológico y un evento traumático, el cual procesa un sentimiento de angustia con la seria convicción que la vida se acabará en ese momento, caer fulminado por un síncope, la amenaza de volverse loco; o bien, el sentimiento de angustia se contamina con una parestesia, que es una condición donde una parte del cuerpo, generalmente un pie o una mano, comienza a sentir un hormigueo y se adormece, y ésta conecta con la sensación de angustia una perturbación de una o varias funciones corporales: la respiración, la actividad cardíaca, la inervación vasomotriz o la actividad glandular.

De esta combinación, el paciente destaca de espasmos en el corazón, falta de aire, oleadas de sudor, hambre insaciable y, en su exposición, es frecuente que el sentimiento de angustia quede completamente relegado o se vuelva apenas reconocible, como un  “sentirse mal”, un malestar. Hugo Bleichmar, a través de su enfoque “Modular–Transformacional”, plantea que para abordar a los trastornos de pánico tenemos que tener en cuenta el nivel de los significados y significantes (indicios o señales) que despiertan la angustia. El nivel neurobiológico (cerebral/hormonal) y corporal y la reacción frente a la angustia. Los familiares no entienden ni comprenden el tema hasta que el afectado ya tiene síntomas que lo llevan a un deterioro personal, físico, social o de sobrevivencia. El ataque de pánico desborda al individuo de manera que comienza a desarrollar debilidades cognitivas en la interpretación de su actividad fisiológica, fátiga de su conducta o de sus pensamientos. Una persona propensa a desarrollar ataques de pánico o crisis de ansiedad, que no puede controlar, con fuertes descargas autonómicas, puede terminar adquiriendo  una agorafobia (evitación de ciertas situaciones que producen ansiedad), con una dependencia de los ansiolíticos, a veces con reacciones de depresión, por no poder resolver su problema. Estos trastornos de ansiedad anteriormente eran más frecuentes en mujeres que en varones (de dos a tres veces más frecuentes); en la actualidad sube la frecuencia en los varones. La edad de aparición se encuentra entre los 17 y los 35 años, justo en la edad más productiva. Los ataques de pánico pueden progresar por enfermedades como una posible arteriosclerosis, problemas de tiroides, alcoholismo, drogas, trastornos audiovestibulares, hipertensión mal atendida o prolongada, asma, enfermedad cerebrovascular, infecciones, migraña prolongada, isquemia, tumores, síndrome premenstrual, alteraciones electrolíticas y anemia. Los niveles bajos de hierro producen depresión, manifestando sentimientos de tristeza e impotencia, asimismo, perturbaciones mentales, como paranoia, mareos, sensación de caerse, síndrome de las piernas inquietas, que es típico en los ataques de pánico, pero cuando la causa es la anemia, se experimentan sensaciones desagradables en la piernas desencadenando insomnio, estrés y falta de descanso suficiente. Los tratamientos para contrarrestar los ataques de pánico son farmacológicos, terapia psicológica, terapia láser frío, ejercicio, una buena nutrición, pero la más importante es que el paciente de ataques de pánico y familiares se informen lo más posible, sin prejuicio o desesperanza alguna. El neuropsiquiatra, neurólogo, psicólogo o los practicantes de la medicina alternativa son profesionales de la salud a los que se puede acudir. El conocimiento y actualizarse ayuda a estar camino a la eficacia y asertividad.

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