Mundos íntimos. Nunca quise tomar psicofármacos, hasta que me convencieron

Ataques de pánico.

El miedo al miedo la acercó a los ansiolíticos y antidepresivos que ya habían definido la vida de su mamá. La autora cuenta cómo es crecer en una familia que se quería pero era disfuncional y cómo la terapia la ayuda hoy a bajar la medicación. Por Laura Beilin.

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Nací en el Otamendi y viví en La Lucila hasta que a mis cinco años nos mudamos a Olivos. Fui al San Andrés. Mi casa de Olivos era grande y linda. Tenía una magnolia, un árbol de paltas, una pileta, dos cuartos de servicio y una cancha de pelota paleta. Un living principal y un comedor diario. El living principal tenía piso de parquet y no entrábamos nunca para no arruinar lo que enceraba la mucama. Un día el parquet, otro día los bronces, las cosas de plata, y así.

Mi casa de Olivos estaba enfrente de la vía muerta, que de muerta poco tenía porque estaba re viva: tenía electricidad y la gente cruzaba igual por más signos y calaveras y avisos de muerte. Teníamos heladería, plaza, Iglesia y almacén de latas de galletitas sueltas y libreta para anotar. Teníamos una librería de útiles escolares con cuenta corriente y la vinería a dos cuadras … Con cuenta corriente también.

El colegio quedaba a tres cuadras, íbamos caminando, no me acuerdo mucho si íbamos solos o qué. Sé que el uniforme y los cuadernos con el escudo y los libros se compraban en el colegio. Todo lo hacían en el colegio. Era parte del combo. Era por lo que se pagaba tanto: una educación privilegiada y librar a las madres de trabajo.

Como el colegio estaba cerca, almorzábamos en casa. La comida estaba lista y mamá, casi siempre, seguía en la cama. Se levantaba a la mañana, se vestía y se recostaba después de que la mucama le hacía el cuarto. Se recostaba vestida. Teníamos que subir a saludarla. Muchas veces la encontrábamos hablando por teléfono. A veces, cuando volvía al final de la tarde, ella seguía hablando con la misma persona. En su mesita de luz había siempre alguna novela rosa que le regalaba mi papá, cajas de pastillas, su radio chiquita, un vaso de agua y, por esa época, una vaso húmedo con hielo que no terminaba de distinguir. Era parecido al vaso que tenía siempre papá, pero él sin las cajas y con muchos más libros.

El botellero pasaba por el barrio gritando su condición y la mucama le abría llamándolo por su nombre. En general, pasaba por casa y se iba con el carro lleno. Se vaciaba, por fin, el pasillo en el que se acumulaban las botellas de vino.

Tengo recuerdos lindos de mi infancia. Mi papá, una vez, me hizo un disfraz de hada. Nos enseñó las letras y nos traía historias de un enanito que se encontraba siempre con él en el tren. A veces, en el mismo tren, el Mitre, compraba turrones y chocolatines para los cinco. Me gustaba escucharlo tocar el timbre –nunca tuvo llave de casa ni billetera ni reloj–, entrar, subir los escalones de dos en dos, agarrar un vaso y pedirle a mi hermano que le pusiera unos hielitos. Llegaba contento y alborotado, al principio. Después, mamá se sentaba con él en su escritorio y le contaba, entre vasos y hielos y blisters, todo lo que habíamos hecho mal. Un informe que me desvelaba.

Cuando hacía reuniones en casa mamá era una gran anfitriona. La cocinera preparaba casi siempre el mismo menú. Ella se lucía con lo que hacía la cocinera. Papá terminaba cantando ópera o bailando arriba de la mesa y todos lo festejaban menos mi mamá.

Entre copas, papá, una noche, le contó a mamá su deseo de retomar el canto y la escritura. Él había sido tenor en el Colón antes de conocerla y siempre había escrito. Hasta que la conoció a ella y dejó su reino por su Reina. Y la Reina, cuando escuchó el planteo, le explicó: Acá hay hijos que tienen que comer. ¿Qué van a comer? Y estoy yo. Y papá, al otro día, volvió a su trabajo, como siempre, como si no hubiese pasado nada. Y, a la noche, por supuesto, a los informes de mamá y los hielitos en el vaso. Y a las pastillas que ella conseguía, no sé cómo, sin receta. Cuando mamá por fin se iba a dormir, y si no había ninguna pelea pendiente, él se sentaba a escribir.

Cuándo y por qué mamá empezó a tomar muchas pastillas sin que se las recete ningún médico y a bajarlas con alcohol, no sé. Nunca se habló de eso. Eso pasaba. Y pasaba siempre. Desde que tengo memoria.

A los veintiuno, por más que mamá me decía puta todo el tiempo, me casé con el papá de mis hijos. Me fui de mi casa de la única manera posible en el mundo en el que vivía: casándome. Aunque todos se fueron temprano, seguíamos metidos en esa casa unidos por ese hilo invisible que nos hacía seguir siendo familia, ocupándonos todos y entre todos de los desastres de turno. Muy juntos. Como un huevo. Así nos había enseñado mamá: la familia es como un huevo. Todo lo que pasa acá dentro queda acá dentro. No se habla con nadie.

Me casé y me fui a vivir a San Isidro. Tuvimos dos hijos, después tuvimos dos hijas, y nos mudamos del departamento a una casa. También en San Isidro.

Una tarde de mucho calor, en el dentista con mi hijo mayor –siete años, entonces– y con mi hija menor en brazos porque todavía era bebita y le daba la teta –mamá nunca nos había dado la teta–, empecé a sentirme mal. Muchas veces me había sentido mal, parecido, pero nunca como ese día. Taquicardia, temblores, transpiración, susto … terror. Pero me parecía imposible: estaba con dos de mis cuatro hijos y no podía darme ese lujo. Hasta que no pude más y le di la bebita a una de las secretarias, me acosté en el sillón y le dije convencida: me estoy muriendo.

Llamaron a una ambulancia. Me hicieron un montón de preguntas y yo con “no me puedo morir, tengo cuatro hijos”. Me llevaron a una clínica en Olivos. Todos los médicos me preguntaban si me drogaba, si tomaba pastillas, si era anoréxica. Que contara lo que tenía para contar. Solamente dije que tenía que volver a mi casa con mi marido y mis hijos. Irme de ahí. Irme ¿Nada, nada tomás? Agua. ¿Pero nada? Insistían. Yo no tomaba ni cerveza.

Cuando salí de terapia intensiva, me fui sin el alta. Firmé consentimiento. Llamé a una amiga que me recomendó a un psiquiatra. No sé por qué, pero di con eso, no con un psicólogo. Muchos años antes, había ido a terapia. Le conté al terapeuta lo que me inquietaba de mi familia. Me dijo que había un montón de mierda tapada con un tul y que había que destaparla, que estaba contándole el tul y no lo otro. Le dije: si vas a hablar mal de mi familia, no vengo más. Y no fui más.

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En esta primera sesión con el psiquiatra –que la pedí urgente– le dije que no tenía nada médico pero que había estado al borde de la muerte. El era un señor grande, como un papá. Era de San Isidro, todo perfecto. Ahí fue la primera vez que escuché hablar de ataques de pánico. Panic Attack, le decían en aquel entonces por mi barrio.

Me explicó que los Panic Attack se trataban con medicación. Yo le dije que no era opción. La medicación no era una opción en mi vida. Las pastillas me daban más miedo que los “ataques de pánico”. Pero al segundo, tercer, cuarto “ataque” –en cada uno terminaba en una guardia-– lo volví a llamar. Su manera de hablarme me daba algo de esa seguridad que yo había perdido en medio del miedo y el desborde. Me dijo que así no podía hacer terapia, que primero tenía que estabilizarme, que me iba a dar una dosis baja, que era por un tiempo.

Le creí. Le creí todo. No sabía, no conocía otras terapias y así no podía seguir. Estaba cada vez con más miedo al miedo. Aterrada, muy flaca y haciendo un esfuerzo enorme por seguir con mi vida normal. Y di ese primer paso que quisiera no haber dado nunca. Tomé mi primer ansiolítico llorando en el consultorio de ese primer psiquiatra, con él agarrándome de la mano. No, no, no, qué me va a hacer, le repetía yo. Yo tengo que estar bien para mis hijos, mi casa, el supermercado, quién se va ocupar. Mi marido me necesita.

El psiquiatra me dio un vaso con agua y pude tragar la pastilla. Y me quedé mirándolo a ver qué me pasaba. Al rato mi corazón latía normal y yo me sentía mucho más tranquila. Me hizo las recetas y me anotó los horarios y las dosis en otro papel. Esa fue la primera vez que hubo pastillas en mi casa, en la mía de verdad, en mi vida: ansiolíticos y antidepresivos.

Ese verano nos fuimos a Punta del Este. Alquilamos cerca del Mautone, por más que nunca dije que paramos ahí para estar cerca del hospital, pero era lo que yo quería. Me aprendí de memoria el teléfono del cardiomóvil y escondía las pastillas bien arriba del placard para que mis hijos no las vieran. Fue un verano más porque no le conté nada a nadie. Tengo fotos preciosas, con todos bronceados.

Pasé por mil psiquiatras. Los iba descubriendo, me derivaban, me los recomendaban. A muchos fui superponiéndolos: el martes a lo de tal, el jueves a lo del otro. Una vez por mes al del tercero. Alguno tenía que salvarme. Alguno tenía que tener la solución. Porque todos tenían una propuesta diferente. Todos hacían recetas diferentes.

Me separé del papá de mis chicos. Volví a estar en pareja. Me volví a separar. Sufrí mucho. Mis hijos crecieron y fueron armando sus propias vidas, libres, sanos y sabiendo, por sobre todas las cosas, que podían contar conmigo incondicionalmente. Porque por más que me aseguraron que necesitaba ese primer ansiolítico y todos las pastillas que vinieron después, nunca me alejé de mi prioridad, mi instinto, mi decisión: estar para mis hijos.

Un día empecé a buscar todas las terapias alternativas posibles para dejar las pastillas. Y a consultar a otros psiquiatras para ver qué decían. Combinaba ansiolíticos con Reiki. Yoga con antidepresivos. Limpiezas de aura con estabilizadores de ánimo. Libros de Louise Hay con sesiones de diván. Yo, que antes leía a Paul Auster y a Carver y a Cheever, ahora escribía con letra temblorosa las afirmaciones de gurús que juraban que te iban a salvar la vida.

Mis viejos siguieron con la suya. Desbarrancaron feo. Se mudaron a una casita muy linda en San Isidro. Ella seguía haciéndole los informes de sus hijos ingratos. Por más que ya no estábamos ahí, siempre había reclamos. Nunca nada era suficiente. A pesar de las peleas y de la insatisfacción permanente de mi mamá, ellos nunca se separaron.Estoy segura de que se amaban profundamente. A su manera, se necesitaban. Eran codependientes en todo: en tapar sus adicciones, en los líos de plata que hacían. En todo. Pero hasta el último día vivieron y durmieron juntos.

Papá murió de cáncer. Me reconcilié con él y su alcoholismo porque en sus últimos meses hablamos muchísimo. Me contó que había empezado a tomar a los trece años y que su propio papá había sido alcohólico, que los había dejado cuando él era chico y que su mamá había tenido que hacerse cargo de todos los hermanos. Ni siquiera sabía dónde había sido enterrado su padre. En Uruguay, creía. En una de nuestras últimas conversaciones me pidió perdón por haber querido siempre a mi mamá más que a ninguno de nosotros.

Mamá vivió unos años más, entre tristezas, pastillas, algo de vino, operaciones y enferma del corazón. Hasta que tuvo un ACV. Tremendo. Quedó como una nenita buena a la que aprendí a querer. Ahí ya no tomaba más pastillas: se las daban en la boca. Nos ocupamos muchísimo de ella. Yo la visitaba, le compraba ropa linda, la peinaba, le ponía perfume, la hacía reír con pavadas. Y la abrazaba, cosa que nunca había hecho antes.

Yo sigo viviendo en San Isidro. Y ahora voy a terapia en Caballito. Y por primera vez, con una mujer. Hace poco me crucé a ese primer psiquiatra y me dijo qué bien te veo –a pesar de que yo había tenido una parálisis facial que me dejó secuelas–. Yo le dije gracias, me preguntó cómo estaba todo, le dije que bien y le conté de mi terapeuta de Caballito. ¿En Caballito? Se rió fuerte. ¿Por qué en Caballito?

Pensé en decirle que porque ya no necesito que sean de San Isidro, porque no receta cada cinco segundos, porque me habla, me cuida, me pide que haga ejercicio, me baja las dosis que sigo tomando como coletazo de aquellas épocas, porque me dice que escriba, me deja que le cuente de mis lecturas de Carver y de Cheever.

Pero no le dije nada de eso.

Y también quiso saber ¿Y por qué con una mujer? Y eso sí le contesté: ¿Quiere saber por qué con una mujer? Porque con las mujeres no se jode.

———

Laura Beilin. Escritora, autora de la novela con formato de diario “diciembre-diciembre”. Mamá de cuatro hijos, fue abuela a los cuarenta, tiene dos nietos y uno más en camino. En su momento se recibió de maestra jardinera y trabajó muchos años en varios colegios ingleses de zona norte. A los 21 años se casó con el futuro papá de sus hijos. A los quince años de estar casados, se separaron. Después volvió a estar en pareja –fue una época linda– pero se volvió a separar. Parece –dice ella– que esa materia todavía no la ha aprobado.A Laura le preocupa ser muy ordenada, a lo mejor demasiado: quiere que todo esté perfecto y aunque aprendió que no es posible, aún lo intenta.

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