Sufro agorafobia: ¿por qué siento tanta angustia y cómo debo afrontarla?

La palabra engloba el miedo que se experimenta en las situaciones de las que es difícil escapar o en las que nos costaría encontrar ayuda si tuviéramos un ataque de pánico.

Un lector nos trasmite su preocupación: “Hace un par de meses me ocurrió una cosa muy rara. En una reunión de trabajo empecé a tener palpitaciones y sudores. Sentía que me ahogaba, me entró mucho miedo y al final tuve que volverme a casa. Desde entonces mi miedo es que la situación se repita, estoy muy pesimista, intento no estar en espacios cerrados con mucha gente. Tengo 38 años. En principio me considero una persona fuerte. He pasado por grandes problemas en mi infancia debido a que sufrí las consecuencias de un problema psicológico de mi madre. Pero he salido adelante, he estudiado una carrera y laboralmente me ha ido muy bien hasta ahora. Esto solo se lo he contado a mi médico, que me dijo que había tenido agorafobia pero no sé por qué sigo teniendo miedo. Lo que me gustaría, Sr. Muiño, es tener una explicación a lo que me pasa”.

Si te han diagnosticado trastorno de angustia con agorafobia, lo primero que debes saber es que es un problema de ansiedad muy frecuente. Aparece, habitualmente, o en la adolescencia o entre los treinta y los cuarenta años, como es tu caso. Y expertos como Enrique Echeburúa calculan que el 60% de las consultas por fobia se deben a situaciones de ese tipo. Por eso puedo decirte que conocerás, seguramente, a varias personas a las que les ha ocurrido. Pero, al igual que tú, lo suelen silenciar. Parte de tu perplejidad se debe a que crees que te ha ocurrido algo extraño. Las cifras te deberían recordar que, por el contrario, has sufrido un contratiempo bastante frecuente.

Busca datos científicos sobre el fenómeno, eso te ayudará a tranquilizarte. El término agorafobia fue acuñado por el neurólogo Karl Westhphal en el siglo XIX. Él lo usó para definir el miedo que experimentaban algunos de sus pacientes en lugares públicos. Usó la palabra griega “ágora”, que designaba a la plaza abierta de las ciudades-estado, que era donde se desarrollaba la vida comercial y política. Y por eso solemos identificar esta fobia con miedo a los espacios abiertos.

Un incremento puntual de la ansiedad

Pero hoy en día se usa la palabra para englobar al miedo que se experimenta en las situaciones de las que es difícil escapar o en la que nos costaría encontrar ayuda si tuviéramos una crisis de angustia. Ejemplos de este tipo de coyunturas es utilizar el transporte público, las reuniones de muchas personas a puerta cerrada o las aglomeraciones de peatones.

En estos trances, que a todos nos generan cierta tensión, experimentamos a veces un incremento puntual de la ansiedad. El profesor de Harvard Richard McNally, uno de los expertos en estas fobias del mundo actual, nos recuerda que la sociedad intenta “domesticar” la biología haciendo que desterremos miedos que en otras épocas fueron adaptativos. Temer, por ejemplo, a los espacios sin escapatoria tuvo su sentido evolutivo. Pero el medio en el que habitamos ha cambiado a mayor velocidad que nuestra biología y en el mundo actual hay que aprender a tolerar el desasosiego que nos producen esas coyunturas. Recuerda que tú eres una de las personas que lo ha conseguido: solo has perdido el control en un momento concreto. Es irracional pensar que ya no puedes afrontar ese tipo de circunstancias.

Lo que necesitas es recuperar el autocontrol emocional y cognitivo en esas situaciones, algo que has tenido durante mucho tiempo. La psicoterapiapuede ayudarte a retomar las riendas. Un terapeuta te enseñará, por una parte, un buen método de relajación. Tu sistema nervioso autónomo tiene ahora una excesiva labilidad en esas situaciones. Se dispara con demasiada rapidez e intensidad, produciendo los síntomas de los que me hablas: sensación de ahogo, taquicardias, sudoración… Por eso necesitas una técnica que baje la activación de tu sistema nervioso autónomo en esas situaciones.

La tendencia al pesimismo

Por otra parte, la psicoterapia te ayudará a deshacerte de una serie de creencias irracionales que han surgido tras el episodio y te están limitando. El terapeuta Aaron Beck catalogó muchas de esas presunciones paralizantes y desarrolló una técnica para revertirlas. Su estrategia parte de la idea que lo que tú viviste activó una “tríada catastrofista” que tiñó de negro todos tus pensamientos. Desde el episodio que nos cuentas, tiendes a pensar negativamente acerca de ti mismo, de lo que te rodea y del futuro. Para eliminar de tu mente ese tinte oscuro, la terapia cognitiva proporciona técnicas que ayudan a tomar conciencia de los pensamientos negativos irracionales y reemplazarlos por nuevas formas de pensar que rompen la autolimitación fóbica.

En el caso de la agorafobia, uno de los sesgos más dañinos es la “inferencia arbitraria”, es decir, la tendencia a llegar a conclusiones negativas aunque no haya evidencias que apoyen nuestra idea. Nuestra mente se llena, por ejemplo, de frases del tipo “todo el mundo nota que estoy nervioso” o “es imposible respirar con tanta gente” que no parten de ningún hecho objetivo. También se da la “sobregeneralización”, proceso de elaboración de conclusiones generales a partir de hechos aislados y de aplicación de estas deducciones a situaciones no relacionadas entre sí: “El otro día me agobié en medio de una multitud: está claro que no puedo salir a la calle ni estar con gente”.

Los psicólogos que trabajan acerca de este tipo de sesgos añaden otras tres ideas irracionales que mantienen la agorafobia después de un episodio como el que tú viviste. Uno de ellos es la “maximización de lo negativo y minimización de lo positivo”: en estos casos la mente tiene propensión a evaluar los acontecimientos relacionados con el tema otorgándole un peso exagerado a lo malo e infravalorando lo bueno. Las personas que sufren esta fobia utilizan frases del tipo de: “El otro día me sentí un poco nervioso al entrar en el restaurante: esto es terrible”, sin recordar que el resto del tiempo estuvieron bien o que ha habido días en que no ha habido problemas.

La “personalización” es otro sesgo cognitivo dañino: es la tendencia a atribuirnos responsabilidad en acontecimientos negativos en los que nosotros somos poco importantes. Son frases mentales del tipo de “Por culpa de mis miedos, mi empresa va a perder clientes”. Por último, nuestra vida puede acabar siendo limitada por la “polarización”, propensión a clasificar las experiencias en categorías opuestas y extremas, sin considerar los hechos intermedios, como cuando pensamos: “No he estado relajado y alegre en la cena con amigos: he hecho el ridículo”.

El psicólogo sueco Asle Hoffart, uno de los científicos más citados a la hora de hablar de este tema, muestra en sus experimentos el papel de esos pensamientos en la profundización del problema. A partir de tu ataque de pánico, empezaste a interpretar todas tus respuestas de ansiedad de una forma catastrofista. Los sesgos cognitivos te llevan a pensar que cualquier síntoma normal es señal de algo más grave. Y por eso intentas evitar ciertas situaciones. Ten cuidado: la agorafobia nace a partir de esa propensión a eludir lo que temes. En una respuesta anterior del consultorio comenté que el mayor riesgo en las fobias es la espiral de “evitación/incremento de la ansiedad”. Si te limitas a huir de aquello que te provoca temor, acabarás teniéndole más miedo.

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