«Tardé seis meses en salir cincuenta metros de mi casa»

Vidal es grande, mide más de metro ochenta. Es el tipo de persona con el que no te gustaría toparte en una pelea. Ése es su aspecto, sin embargo en su cartera lleva un carné en el que indica que tiene una discapacidad del 65 por ciento; «antes era del 45, pero me han tenido que operar un par de veces». Y eso marca. Desde hace 23 años, Vidal Cantero padece agorafobia. Una enfermedad que, como él mismo explica, y si nos ceñimos a la definición oficial, significa: «miedo a los espacios abiertos». Pero él puntualiza: «En realidad lo que me causa episodios de pánico son los sitios bulliciosos, rodeados de mucha gente»

agorafobia

Hace dos meses que decidió reconocer públicamente la enfermedad mental que sufre porque «ahora la tengo más o menos controlada». Toma dos pastillas al día: una que le anima y otra que le calma, pero con la que tiene que tener más cuidado porque crea adicción. Gracias a su medicación es capaz de citarse con LA RAZÓN en pleno centro de la capital, en la plaza de Callao, en una cafetería con vistas a la Gran Vía. «Si empiezas a encontrarte mal, me avisas y nos vamos». «Lo tengo más o menos controlado, aunque no es una ciencia exacta, y, aunque no quiera, puede aparecer en cualquier momento». ¿Cómo ocurre? «Me empiezan a entrar sudores fríos y me tengo que ir corriendo».

Cuando le ocurre, normalmente «voy al baño a tranquilizarme y espero a que se me pase». A pesar de tener la situación bajo control, durante la entrevista evita fijarse en la gente que le rodea. Se ha decidido a dar su cara en la Prensa por una buena causa: «Queremos que 2016 se instaure como el Año de la Salud Mental en España para rebajar el estigma social que sufrimos». Y es que tanto a Vidal como al resto de personas con algún tipo de trastorno les duele cuando identifican un acto violento con una enfermedad de la mente. Y en ello, «algo de culpa tenéis los medios». Nos guiña un ojo como gesto cómplice. «Cuando ocurrió el siniestro de Germanwings en los Alpes en todas partes se dijo que se había suicidado porque estaba deprimido y no es verdad. Sólo el tres por ciento de las personas con esquizofrenia son violentas, pero se tiende a generalizar. Sólo cometen estos actos cuando no están medicados».

A Vidal le costó mucho que le dieran un diagnóstico. «Sólo me decían que tenía ataques de pánico, de ansiedad. A lo largo de mi vida me han podido dar miles de ellos». Pero el primero y el que recuerda con mayor nitidez es el que le dio en el tren que le llevaba a Fuenlabrada. «A mi alrededor había muchos niños gritando. De repente me empecé a encontrar fatal, creía que me moría y tuve que bajarme en la primera estación». Sufría palpitaciones, situación de ahogo, de vacío y le trasladaron a urgencias. Ahí empezó su periplo de médicos psiquiatras hasta que Néstor Zsermar, psiquiatra jefe del Servicio de Salud Mental Retiro, que pertenece al Hospital Gregorio Marañón de Madrid, determinó que tenía una psicosis obsesiva, pero para ello pasaron muchos años durante los cuales «muchas noches me despertaba con ataques de pánico impresionante». Y es que le fueron derivando a psiquiatras, psicólogos e, incluso, a un neurólogo, porque «muchos siguen pensando que estos cuadros están relacionados con adicción a alcohol o drogas y no es así. No estaban preparados». Lo peor no es sólo el problema de salud que le generó, sino también el problema social, con su entorno. Se casó un año antes de que aparecieran los ataques y sólo unos meses después de aquel episodio en el tren, su esposa le dejó de lado y se separaron. También perdió su empleo, montando muebles, porque «mis compañeros cada dos por tres me tenían que llevar a urgencias. “Llévame al hospital que me muero”, les decía». La empresa acordó su salida seis meses más tarde. Ha llegado a estar un año y medio encerrado en su casa y «para salir cincuenta metros tardé seis meses». Durante esa época se pasaba las noches leyendo libros de autoayuda, «ahora los detesto», y también Psiquiatría, «me terminé 400 páginas en una sola noche», recuerda. Y es que lo que tiene claro es que «la ciudad aumenta el problema, el ritmo de vida que llevamos no ayuda». Por eso, cuando se trasladó durante unos años a Tenerife, «dejé durante un tiempo la medicación. Ha sido en el único sitio donde he podido hacerlo» porque «hoy aún no sé explicar bien por qué me dan los ataques», aunque cree que se remontan a una situación traumática que vivió con la muerte de un amigo. «Tenía 16 años y cuando entré en el tanatorio y lo vi tuve que salir corriendo».

La vida de Vidal había dado un cambio de 360 grados por unos ataques que ni los médicos eran capaces de explicar. Y es que en los años 80 estuvo sirviendo durante cinco años en una de las unidades más duras, la Legión. Fue una época muy buena: «Rambo, al lado de las misiones que nos tocaron a nosotros, era un juego», afirma. «Sufrimos un estrés muy elevado, te silbaban las balas por los laterales. En ese momento aún no existían los cascos azules». Evita nombrar los lugares donde estuvo. «No puedo hablar de ellos». Tras esos cinco años le trasladaron a Ceuta, una época que recuerda como «una de las mejores», y más tarde, cuando terminó su servicio en Ronda, se volvió a Madrid, donde trabajó de guardaespaldas.

Ahora, desde el programa «Escaleras de la Dependecia», emitido por Radio Libertad, pelea para que se visibilice su colectivo, aunque aún hay cosas que no puede hacer. «Una de mis grandes pasiones es bailar, me encanta, pero cuando he entrado en una discoteca y voy a pedir algo a la barra, algo me obliga a salir corriendo». Sólo ha conseguido deshacerse de ese miedo cuando se toma un par de copas antes de entrar. Sabe que ése es un camino peligroso, por lo que «sólo lo he hecho un par de veces».

EL TEMOR A MORIR DE UN INFARTO. La agorafobia puede abarcar todo tipo de situaciones y espacios. Puede desencadenarse en una gran superficie o donde se produzcan grandes aglomeraciones de gente, pero también en situaciones más íntimas, como una cena. Uno de los grandes temores de las personas que la sufren, como es el caso de Vidal Cantero, es el miedo a morir de un infarto. A ello hay que sumar el miedo a viajar en avión o en tren. No se puede predecir en qué momento una persona va a padecer un ataque de pánico, aunque los expertos aseguran que existen una serie de factores de riesgo que aumentan la probabilidad de que estas crisis se produzcan.

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